Dolores de crecimiento
Después de mucho pensarlo he llegado a la conclusión de que lo único que le reprocho a mi madre es no enseñarme que hacerse mayor significaba que tenía que aprender a cuidar de mí misma. Que mi objetivo durante mi infancia y adolescencia era aprender a convertirme en mi propia madre.
Sé que no soy la única a la que le ha pasado. A mi madre tampoco se lo enseñaron. Ni a la madre de mi madre. En general la gente ha nacido, crecido y vivido su vida sin necesidad de recrearse en el sentido o propósito de la misma. Y no culpo a mi madre. Pero es que nadie me lo había dicho. Y para cuando me enteré ya llegaba tarde a casi todo.
Desde las cosas más simples y mundanas como lavar la ropa (aprendí rápido, pero tardé mucho más en hacerlo sin poner cara de fastidio por que la NASA todavía no haya diseñado robots que lo hagan todo) hasta la autogestión emocional. Todo ha sido un desafío. Y lo sigue siendo.
Porque en la realidad y en la ficción la fase de entrenamiento se acaba. Acaban el instituto y la universidad y el período de formación en tu primer trabajo. Acaba la fase de campaña en la que el héroe aprende a luchar y a usar sus poderes. Acaba la terapia, la sesión de preguntas y respuestas, los libros con verdades reveladoras. Y entonces empieza lo más duro, que es vivir. Seguir viviendo.
Cualquiera que tenga un trabajo a jornada completa y una rutina me entenderá: vivir puede ser muy aburrido. Vendes tu tiempo, a menudo muy barato, para ganarte el sustento y quizá disfrutar un poco de los dos días que tienes libres. Tus amigos, si viven en tu ciudad, tienen un panorama parecido pero con peor horario, así que nunca los ves. Tienes un par de hobbies, con suerte, que te ayudan a mantenerte cuerdo y semiactivo. Y tienes unos metros cuadrados, propios o alquilados, compartidos o privados, así como cierta cantidad de posesiones privadas que debes mantener más o menos en buen estado. Todo eso, más aparte comer bien, hacer ejercicio, no volverte un cínico, no pecar de inocente, llamar a tu familia y conocer gente. Es imposible. Y si es posible, me da pena la persona capaz de cumplir toda la lista. (Detesto las notas al pie y las excusas, pero sí, soy una privilegiada.)
Que sí, que exagero, que se puede. Que se puede hasta disfrutar de ello. Es verdad. Si no lo creyera, no estaría escribiendo esto. Pero para mí es doloroso y difícil.
Es doloroso saber que nadie tiene por qué cuidar de ti. Que estás solo, que no mereces más que el oxígeno que respiras y un poco de agua, y que tú eres la única persona responsable de gran parte de lo que pasa en tu vida. Me gusta la libertad y me parece justo el precio que se paga por ella. Y también me duele.
Es difícil porque no se acaba nunca. O sea, sí, se acaba, pero dentro de muchos años (por favor, que sean muchos, que me dé tiempo a disfrutar la vida más que a sufrirla). Ni se acaba nunca lo de cuidarse a uno mismo, ni tiene un propósito final más que la vida en sí misma, ni hay una guía con directrices más o menos aplicables a todo el mundo. Espero que sean pocos los que lo vean como yo, porque es una lucha diaria. Hacerme una bolita en la cama y no salir de ella sería más fácil.
Por los libros, los gatos y el té (los junto en una frase porque a menudo si te gusta uno, te gustan los tres). Por la belleza, natural o artificial. Por el arte. Por las personas bonitas. Por el sol sobre la piel, por las estrellas de noche. Porque somos, analizado fríamente, un puñetero milagro. Vale la pena luchar esta batalla cada día.
Y si hoy la pierdo, mañana será otro día.
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