El ombligo
Ya nos sabemos la coreografía a tres meses de la función. Ahora solo nos falta perfeccionar los pasos, no movernos del sitio, ir perfectamente sincronizadas y no matarnos con el velo en el proceso. Porque si el velo puede, te traiciona. Y siempre puede.
La ropa ya está pedida y aunque me joroba muchísimo que no vayamos todas de azul, tengo unas ganas locas de vestirme de princesa y bailar. De pequeña no solía disfrazarme más allá de hacerme túnicas, capas y velos de novia con las sábanas, así que mi niña interior está dando saltitos.
Obviamente se baila con el ombligo al descubierto, pero yo nunca lo hago en clase. Siempre llevo una camiseta y unos pantalones cómodos y bien modestos, y casi siempre con calcetines. En parte por comodidad, pero en gran parte por pudor. Las chicas grandes no van enseñando el ombligo.
Salvo cuando faltan tres meses para el baile de fin de curso, claro está. Para empezar a hacerme a la idea, hoy me he subido la camiseta y la he enrollado en el sujetador. Y oh, qué maravilla.
No llevo ni un año bailando, por lo que todavía no lo hago demasiado bien. Pero me ha sorprendido gratamente lo mucho que ganan los movimientos cuando se ven al natural. Cuando ves el ombligo y la cintura desnuda moverse. Sin exagerar, hoy he vuelto a descubrir por qué la danza oriental es tan sensual y -¿me atreveré a decirlo?- erótica.
Sin embargo, lo que más me ha impresionado ha sido mi propio ombligo. Jamás habría imaginado lo mucho que me iba a gustar verme bailar así, ver mi abdomen tan libre. Estaba sexy. Tremendamente sexy. Ombligo, cintura, caderas, pecho, brazos. Por una vez he comprendido a Narciso. Y es una sensación maravillosa.
Bailar me ha cambiado la vida en muchos aspectos y me ha enseñado muchísimas cosas. Admito que no me terminaba de creer eso de que ayuda a aceptarse una misma mejor. ¿Acaso no he crecido con un espejo en mi casa toda la vida? Pero no es lo mismo. No te miras igual.
Cuando me miro bailando, me miro con curiosidad e interés, sin desprecio. Observo la precisión (o la falta de ella) de los pasos, la libertad de los movimientos. Me divierte el ritmo de mis caderas y me maravilla lo que mi cuerpo es capaz de hacer.
Es necesario recordar que vivimos en unos cuerpos magníficos y perfectos. Capaces de caminar distancias imposibles, de digerir auténticas porquerías, de bailar al ritmo de unos tambores y de latir cuando parece que no hay esperanza. Y que, vivos como están, son siempre hermosos.
Comentarios
Publicar un comentario