Quiero saltar por la ventana

No pasará nada, porque vivo en un primer piso bastante bajito. 

Bajaría de madrugada, cuando nadie pudiera verme. Correría hasta el parque y me colaría dentro. Me acurrucaría en algún rincón y me despertaría ahí al día siguiente, sobra una cama de hierba y cubierta de rocío. 

Porque adónde voy si no. La gente a la que quiero no vive aquí. De todas las razones por las que pensé que me arrepentiría de mudarme, el Apocalipsis es la única que no había tenido en cuenta.

Admiro a los Miss y Mister Cuarentena. Esa gente que nada más levantarse limpia la casa de arriba abajo, que se prepara un desayuno sanísimo e instagrameable, que luego trabaja, por la tarde hace crossfit con dos litros de leche y una garrafa de agua y que después se dedica a leer, a hablar con sus amigos, a remendar calcetines y a construir la Torre Eiffel con palillos. Esa gente capaz de canalizar el angst en algo positivo. 

Yo no soy así. Para nada. Alimentarme ya está suponiendo un esfuerzo sobrehumano. Tanta NASA y tanto cohete y seguimos sin tener robots que nos preparen sopa casera y nos canten el Asturias, patria querida como cuando éramos pequeños. A lo mejor eso solo lo hacía mi madre, no sé.

Y me asomo por la ventana de Internet al mundo y solo hay dos tipos de mensajes: las noticias apocalípticas y los consejos a lo Mr. Wonderful de los bienintencionados Miss y Mister Cuarentena. También en esto a la gente le da miedo quejarse, abrir una ventana y decir, ni muy alto ni muy bajo, que esta situación da mucho asco. 

Sin buscar culpables, sin ofrecer soluciones. Esto da mucho asco. Estoy sola. En un piso cómodo, pero sola. Toda la gente a la que quiero está lejos y, aunque sé que tenerles en la misma ciudad no cambiaría mucho las cosas porque seguiríamos encerrados, al menos podría correr a buscarles en caso de hecatombe. Si mi madre muriera, no podría ir a despedirme. Y no es un pensamiento recurrente ni mucho menos, pero me angustia. Para colmo, me siento tan insegura en el trabajo que ya no rindo ni queriendo. Justo ahora, cuando tengo que demostrar lo que valgo y lo imprescindible que soy. 

Cederé. Me conozco y sé que pronto tocaré fondo, gritaré, lloraré, me daré una ducha larga, limpiaré el piso y me haré a la idea. Y empezaré mis prácticas como becaria de Miss Cuarentena, a ver si se me pega algo. No tengo palillos, pero sí lápices acuareleables y un libro de colorear. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿En qué piensan los hombres cuando les atrae una mujer?

Dolores de crecimiento

El ombligo